Cuando hablamos del suelo de un campo solemos simplificar.

Decimos que es franco, arenoso o arcilloso. Revisamos la materia orgánica, la conductividad eléctrica y otros indicadores, muchas veces de manera independiente.

Pero para entender el riego necesitamos mirar el suelo como un perfil.

Porque las raíces crecen en un medio que puede cambiar considerablemente incluso entre los primeros 30 y 60 centímetros.

Una cosa es saber cuántos milímetros aplicamos. Otra muy distinta es entender qué ocurre con esa agua una vez que entra al suelo.

Miremos un perfil

Consideremos un sector con características representativas de un huerto frutal de la zona centro-sur de Chile.

Profundidad

Arena

Limo

Arcilla

Materia orgánica

CE

0–30 cm

46%

34%

20%

3,0%

0,35 dS/m

30–60 cm

34%

31%

35%

1,5%

0,48 dS/m

A primera vista no aparece ningún problema evidente.

La conductividad eléctrica es baja y la materia orgánica está, como es frecuente, más concentrada en superficie.

Pero verticalmente aparece algo mucho más interesante:

la arena disminuye de 46% a 34%

mientras que

la arcilla aumenta de 20% a 35%.

El agua que atraviesa los primeros 30 centímetros entra después en un suelo físicamente diferente.

Y eso puede observarse en la dinámica de humedad.

Ejemplo ilustrativo: Perfil de suelo y respuesta de humedad a dos profundidades. La textura más liviana en superficie y el aumento de arcilla entre 30–60 cm ayudan a interpretar la diferente dinámica de humedad observada después de los riegos.

El mismo riego puede producir dos respuestas distintas

Después de cada riego, la humedad a 30 cm aumenta rápidamente y luego comienza a disminuir también con mayor velocidad.

A 60 cm, la respuesta aparece más tarde y la humedad permanece elevada durante más tiempo.

El patrón es coherente con el perfil:

0–30 cm
Más arena → movimiento relativamente más rápido.

30–60 cm
Más arcilla → mayor retención y movimiento más lento.

20 mm son 20 mm en el sistema de riego. No necesariamente significan lo mismo alrededor de todas las raíces.

Arena, limo y arcilla tienen tamaños diferentes y generan distintas distribuciones de poros.

Más arena

  • Poros relativamente grandes.

  • Movimiento más rápido del agua.

  • Menor capacidad de almacenamiento.

Más arcilla

  • Mayor proporción de poros pequeños.

  • Mayor retención de agua.

  • Movimiento más lento.

Pero retener más agua no significa automáticamente mejores condiciones para las raíces.

Las raíces necesitan agua. Pero también aire.

Parte de los poros del suelo contiene agua y otra parte contiene aire.

Si permanecen llenos de agua durante demasiado tiempo, disminuye el oxígeno disponible para las raíces.

Por eso podemos tener problemas tanto por déficit como por exceso.

El objetivo del riego no es mantener el suelo lo más húmedo posible. Es mantener un equilibrio adecuado entre agua y aire dentro de la zona radicular.

La sonda cambia de significado cuando conocemos el suelo

Imaginemos que dos días después de un riego el sensor a 30 cm muestra una caída importante de humedad.

Mirando solamente esa profundidad podríamos pensar:

“Hay que volver a regar.”

Pero a 60 cm todavía existe una humedad elevada.

Entonces la pregunta cambia:

¿Debemos volver a regar porque la superficie comenzó a secarse si todavía existe agua en una parte importante de la zona radicular?

La respuesta dependerá del cultivo, la distribución de raíces, la demanda atmosférica, la profundidad efectiva y el suelo.

Pero hay una conclusión importante:

Una curva de humedad tiene mucho más valor cuando sabemos qué suelo está midiendo.

Sin contexto vemos líneas que suben y bajan.

Con el análisis de suelo comenzamos a entender por qué.

🌱 ¿Qué aporta la materia orgánica al manejo del agua?

En este perfil la materia orgánica disminuye desde 3,0% entre 0–30 cm hasta 1,5% entre 30–60 cm.

Una forma sencilla de entender su función es imaginarla como una combinación de pegamento y esponja.

Como pegamento

Ayuda a unir partículas de arena, limo y arcilla formando agregados más estables.

Esto favorece una estructura con espacios donde pueden coexistir agua y aire.

Como esponja

Puede contribuir a almacenar agua dentro del suelo y mantener parte de ella disponible para las raíces.

Su efecto depende mucho de la textura.

En un suelo liviano puede contribuir a aumentar la retención de agua. En uno más fino, su aporte puede ser especialmente importante para mejorar estructura, agregación y aireación.

En nuestro ejemplo, la capa superficial combina más arena y más materia orgánica, mientras que entre 30–60 cm disminuye la materia orgánica y aumenta considerablemente la arcilla.

La materia orgánica no nos dice cuánto regar. Nos ayuda a entender cómo ese suelo infiltra, almacena y distribuye el agua.

¿Qué cambia en el riego cuando aumenta la salinidad?

La conductividad eléctrica (CE) nos ayuda a estimar la concentración de sales solubles presentes en el agua o en el suelo.

Y este no es un problema lejano para la agricultura de la zona central.

La cuenca del río Maipo fue declarada en 2024 zona saturada, entre otros parámetros, por conductividad eléctrica, después de detectarse superaciones de la norma durante tres años consecutivos.

Esto nos recuerda algo importante:

cada vez que regamos no incorporamos solamente agua. También incorporamos las sales que vienen disueltas en ella.

La planta absorbe agua, pero muchas de esas sales permanecen en el suelo y pueden comenzar a concentrarse alrededor de las raíces.

Entonces puede ocurrir algo que parece contradictorio:

Puede haber humedad en el suelo y, sin embargo, a la planta resultarle más difícil absorber esa agua.

Es lo que conocemos como estrés osmótico.

¿Y qué cambia en el riego?

Cuando existe un problema de salinidad, ya no basta con reponer el agua consumida por el cultivo.

También puede ser necesario desplazar parte de las sales hacia abajo y fuera de la zona radicular.

Es lo que conocemos como lavado o lixiviación de sales.

Pero existe una condición fundamental:

Aplicar más agua solo ayuda si esa agua puede atravesar la zona radicular y continuar hacia capas más profundas.

En nuestro ejemplo, la arcilla aumenta desde 20% entre 0–30 cm hasta 35% entre 30–60 cm.

Eso puede hacer más lento el movimiento del agua, pero no demuestra por sí solo que exista un problema de drenaje.

Una sonda puede mostrarnos si un riego importante alcanza las capas inferiores y si posteriormente el perfil comienza a drenar.

Una calicata puede revelar compactaciones, restricciones físicas o acumulación de agua.

Y la CE medida por profundidad a través del tiempo puede indicar si las sales se están desplazando o permanecen dentro de la zona radicular.

La pregunta clave es:

¿El agua está realmente saliendo de la zona donde están las raíces?

Si puede hacerlo, el riego puede utilizarse para movilizar sales.

Si no, aplicar más agua podría mantener el perfil excesivamente húmedo y reducir la oxigenación.

El objetivo es conseguir que suficiente agua atraviese la zona radicular para movilizar las sales sin generar saturación prolongada.

Por eso, frente a una CE elevada conviene mirar conjuntamente:

CE del agua de riego + CE del suelo por profundidad + riegos aplicados + respuesta de la sonda + condición física del perfil.

Así, la conductividad eléctrica deja de ser solamente un número del laboratorio y pasa a formar parte de la estrategia de riego.

No regamos hectáreas

Cuando programamos un riego hablamos de litros por hora, horas de riego, milímetros aplicados o metros cúbicos por hectárea.

Todas son variables necesarias.

Pero ninguna nos dice por sí sola qué ocurre después de que el agua entra al suelo.

No regamos hectáreas. Regamos raíces creciendo dentro de un suelo determinado.

El análisis de suelo nos ayuda a entender el ambiente donde están creciendo esas raíces.

La sonda nos muestra qué hace el agua dentro de ese suelo.

Y el verdadero valor aparece cuando podemos leer ambas cosas juntas.

Login or Subscribe to participate

Seguir leyendo

View more
caret-right