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¿Estamos aplicando demasiado nitrógeno?

Cómo el potencial productivo del suelo, el riego y la estimación de cosecha influyen en la eficiencia del nitrógeno

En muchos campos agrícolas aplicamos fertilizante como si todo el suelo respondiera igual.

Pero la realidad es distinta: dentro de un mismo potrero puede existir una gran variabilidad productiva.

Esa variabilidad es una de las principales razones por las que una parte importante del nitrógeno aplicado no termina generando producción.

Diversos estudios estiman que entre el 40 % y el 60 % del nitrógeno aplicado no es aprovechado por el cultivo, dependiendo del cultivo, el clima y las prácticas de manejo (Raun & Johnson, 1999; Lassaletta et al., 2014).

Parte de ese nitrógeno se pierde por:

  • lixiviación

  • volatilización

  • transformación en óxido nitroso (N₂O), uno de los gases de efecto invernadero más potentes.

Pero más allá del impacto ambiental, este dato revela algo más relevante desde el punto de vista agronómico:

el problema muchas veces no está en la dosis de nitrógeno, sino en la variabilidad dentro del campo.

Una pregunta clave

¿Cuánto del nitrógeno que aplicamos realmente lo aprovecha el cultivo?

La eficiencia en el uso del nitrógeno (NUE – Nitrogen Use Efficiency) suele situarse entre 40 % y 60 % en muchos sistemas agrícolas.

Esto significa que una parte importante del nitrógeno aplicado:

  • no es absorbido por el cultivo

  • se pierde en el sistema suelo-agua

  • o se transforma en gases como el N₂O.

Mejorar esta eficiencia es uno de los grandes desafíos agronómicos del manejo de cultivos.

El origen del problema: la variabilidad del suelo

Uno de los mayores desafíos del manejo agronómico es que los campos rara vez son homogéneos.

Dentro de un mismo potrero es frecuente encontrar sectores con distinto potencial productivo, determinado por características del suelo como:

  • profundidad efectiva

  • textura

  • capacidad de retención de agua

  • drenaje

  • compactación

Estas variables influyen directamente en la capacidad del cultivo para absorber agua y nutrientes.

Como resultado, distintos sectores del mismo campo pueden responder de manera muy diferente a una misma fertilización.

El problema de la fertilización uniforme

Cuando se aplica una dosis uniforme en todo el campo ocurre algo muy frecuente:

  • algunas zonas reciben menos nitrógeno del necesario

  • otras reciben más nitrógeno del que el cultivo puede aprovechar

En sectores con limitaciones físicas del suelo, aumentar la fertilización difícilmente se traducirá en mayor producción.

En esos casos el exceso de nitrógeno aumenta el riesgo de:

  • pérdidas por lixiviación

  • volatilización

  • emisiones de óxido nitroso (N₂O).

Agua y nitrógeno: dos variables inseparables

La eficiencia del nitrógeno no depende solo de la fertilización.

Depende también del manejo del agua.

Si el riego es deficiente o presenta problemas de uniformidad, incluso una fertilización correctamente ajustada puede terminar siendo ineficiente.

En la práctica agrícola es frecuente encontrar variaciones dentro de un mismo sector de riego provocadas por:

  • diferencias de presión

  • emisores parcialmente obstruidos

  • líneas desplazadas o dañadas

  • problemas operativos del sistema de riego.

Estas diferencias generan sectores con distinto crecimiento vegetativo, lo que termina afectando también la eficiencia en el uso del nitrógeno.

Hoy es posible detectar estas variaciones utilizando imágenes satelitales, analizando cambios en índices de vegetación como NDVI.

Cuando estas variaciones se mantienen durante varias semanas consecutivas, suelen indicar problemas estructurales de riego más que fluctuaciones normales del cultivo.

Comprender la variabilidad dentro del campo

Para analizar esta variabilidad hoy se utilizan distintas fuentes de información agronómica:

  • imágenes satelitales

  • análisis de suelo

  • análisis foliares

  • historial productivo del campo

Las imágenes satelitales permiten analizar índices como:

NDVI
utilizado para evaluar vigor y desarrollo del cultivo.

NDRE
más sensible a la concentración de clorofila y al estado nutricional asociado al nitrógeno.

Cuando estas fuentes de información se analizan en conjunto, es posible delimitar Zonas Homogéneas de Manejo, es decir, sectores del campo con comportamientos productivos similares.

Esta información permite comprender mejor la variabilidad dentro del predio y ajustar las decisiones agronómicas.

Un ejemplo simple

Imaginemos un campo donde se aplica urea equivalente a 180 kg de nitrógeno por hectárea de forma uniforme.

Sin embargo, el análisis de variabilidad productiva muestra tres sectores con distinto potencial productivo del suelo:

  • una zona de alto potencial productivo, con buena profundidad efectiva y disponibilidad de agua

  • una zona intermedia, con condiciones productivas moderadas

  • una zona limitada por suelo, por ejemplo con menor profundidad efectiva o problemas de drenaje.

Si todas las zonas reciben la misma fertilización, es probable que ocurra lo siguiente:

  • la zona de alto potencial podría responder positivamente a mayores dosis

  • la zona intermedia podría estar cerca de su dosis óptima

  • la zona limitada probablemente reciba más nitrógeno del que el cultivo puede aprovechar

En esta última zona es donde aumenta el riesgo de pérdidas de nitrógeno.

Manejo diferenciado: ajustar la fertilización al potencial del suelo

Cuando se identifican estas diferencias dentro del campo, el manejo agronómico puede ajustarse de forma más precisa.

Por ejemplo:

  • sectores de alto potencial productivo pueden justificar mayores dosis

  • sectores con limitaciones físicas del suelo pueden requerir menores dosis

Este enfoque permite mejorar la eficiencia en el uso del nitrógeno.

El objetivo no necesariamente es reducir fertilizantes, sino utilizarlos donde realmente generan respuesta productiva.

Estimar la cosecha también ayuda a ajustar la fertilización

En frutales como el palto, una parte importante de la demanda de nitrógeno está asociada al desarrollo de los frutos.

Cada tonelada de fruta exportada desde el huerto implica también la extracción de nutrientes, entre ellos nitrógeno.

Por esta razón, contar con una estimación certera y temprana de la cosecha puede ser clave para ajustar la estrategia de fertilización.

Si la producción esperada es menor a la proyectada inicialmente, mantener la misma fertilización puede generar:

  • crecimiento vegetativo excesivo

  • desbalances en el árbol

  • menor eficiencia en el uso del nitrógeno.

¿Cuánto nitrógeno podría evitarse? Un ejemplo en paltos

Consideremos un huerto de 50 hectáreas de palto Hass donde la fertilización anual equivale a 200 kg de N/ha, aplicada principalmente como urea.

Diversos estudios estiman que la extracción de nitrógeno asociada a la fruta puede situarse aproximadamente entre 6 y 8 kg de N por tonelada de fruta producida.

Si el huerto se fertiliza suponiendo una producción de 15 ton/ha, pero finalmente produce 10 ton/ha, la demanda real de nitrógeno del sistema es significativamente menor.

En este escenario, el huerto podría estar recibiendo aproximadamente 30 a 40 kg de nitrógeno por hectárea por sobre lo necesario.

En 50 hectáreas, esto equivale a entre 1.500 y 2.000 kg de nitrógeno aplicados en exceso durante la temporada.

Ese nitrógeno adicional puede terminar:

  • estimulando crecimiento vegetativo innecesario

  • aumentando pérdidas por lixiviación

  • o generando emisiones de óxido nitroso (N₂O).

Mejor agronomía, menor huella ambiental

En la práctica, mejorar la eficiencia del nitrógeno no requiere necesariamente cambios radicales en el sistema productivo.

Muchas veces se trata simplemente de comprender mejor la variabilidad dentro del campo y ajustar las decisiones agronómicas.

Tres factores resultan particularmente relevantes:

  • el potencial productivo del suelo

  • la uniformidad del riego

  • la estimación de cosecha del cultivo

Cuando la fertilización se ajusta a estas variables, es posible mejorar significativamente la eficiencia en el uso del nitrógeno.

Como consecuencia, también se reducen las pérdidas de nutrientes y las emisiones asociadas al sistema productivo.

En ese sentido, la huella de carbono en agricultura muchas veces no es solo un problema ambiental, sino también un reflejo de la eficiencia agronómica del sistema productivo.

Reducir la huella de carbono en agricultura muchas veces no comienza con nuevas tecnologías, sino con entender mejor la variabilidad del campo.

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