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Instalaste sensores de humedad...
¿pero realmente cambió tu forma de regar?
Hace algunos años, instalar una sonda de humedad en un campo era un acontecimiento.
Había que definir la profundidad.
Hacer la perforación.
Asegurar el contacto perfecto con el suelo.
Configurar el datalogger.
Era tecnología.
Hoy ya no.
Hoy puedes mirar tu celular y ver una curva en tiempo real.
28%.
31%.
19%.
Y, sin embargo, en muchos campos, el riego sigue funcionando exactamente igual que antes.
Ahí está el punto incómodo.
La tecnología cambió.
La decisión no.
Esta misma reflexión también la desarrollé en formato video.
Si prefieres verla explicada paso a paso, puedes hacerlo aquí:
👉 Ver video: https://youtu.be/EFAvHCTFSKg
Toda estrategia de riego debería responder cuatro preguntas simples:
¿Cuándo regar?
¿Cuánto tiempo regar?
¿Cuánta agua aplicar?
¿El riego es homogéneo?
Las tres primeras hablan de cantidad y frecuencia.
La cuarta habla de coherencia.
Porque puedes calcular perfectamente la lámina.
Puedes elegir el mejor momento.
Pero si el agua no se distribuye de forma uniforme, una decisión correcta en un punto puede ser incorrecta en otro.
Cuando uno instala sensores volumétricos por primera vez siente que por fin tiene control.
Ahora sabemos cuánta agua hay.
Como hemos visto en artículos anteriores, los sensores no miden directamente la variable agronómica que queremos observar.
No miden “agua disponible”.
No miden “estrés”.
Miden variables físicas.
La sonda volumétrica mide una propiedad electromagnética del suelo.
El tensiómetro mide presión negativa.
Un dendrómetro mide microvariaciones de diámetro.
Un satélite mide reflectancia.
Y a partir de esas variables físicas construimos una interpretación agronómica.
Pero aparece una pregunta que no estaba en el manual:
¿Eso que estoy viendo representa realmente lo que está viviendo la planta?
Porque el suelo no es un tanque.
Es una esponja.
Y no basta con saber cuánto agua hay almacenada.
Hay que entender con qué energía está retenida.
Ahí entra el tensiómetro.
No mide contenido.
Mide esfuerzo.
Mide la fuerza con la que el suelo retiene el agua.
Y de pronto uno descubre algo inquietante:
Puede haber 30% de humedad volumétrica
y al mismo tiempo el cultivo estar entrando en estrés.
No falta agua.
Falta disponibilidad energética.
En un suelo franco-arcilloso vimos exactamente eso.
La sonda mostraba estabilidad.
El tensiómetro subía hacia 50 centíbar al mediodía.
El cultivo comenzaba a cerrar estomas.
No había que aumentar la lámina.
Había que ajustar la frecuencia.
Ese matiz cambia completamente la decisión.
Pero incluso entendiendo la energía, todavía falta algo.
El sensor no mide el campo.
Mide el entorno inmediato de una planta.
Y una planta no es un cuartel.
Mucho menos un campo completo.
Un sensor representa el ambiente inmediato de esa planta.
Nada más.
Si lo instalas en el sector más profundo,
más arcilloso,
o simplemente el más cómodo,
la lectura será técnicamente correcta…
…pero agronómicamente engañosa.
En un proyecto desarrollado para SYSAGROTEC, empresa mexicana especializada en agricultura digital, en ViLab realizamos primero una zonificación histórica de un huerto de nogales adultos.

Aunque el campo estaba dividido operativamente en ocho sectores de Nogales de 55 años, desde el punto de vista hídrico solo existían dos ambientes claramente diferenciados.

Eso tenía una implicancia directa:
esos dos ambientes respondían de manera distinta frente a un mismo evento de riego.
Por lo tanto, para representar adecuadamente el sistema no bastaba una sola sonda.
Se determinó que eran necesarias dos sondas independientes, cada una ubicada en la zona más representativa de su ambiente homogéneo.

No en el punto más accesible.
No en el punto más profundo.
No en el punto “más verde”.
En el punto estadísticamente representativo.
Además, se definieron con precisión los lugares donde instalar cada una de ellas, evitando bordes, zonas de transición y sectores con anomalías locales.
El sensor dejó de ser un dispositivo.
Se convirtió en una decisión diseñada.
Y ahí la información empezó a tener sentido.
Hasta aquí podríamos pensar que el problema está resuelto.
Medimos volumen.
Medimos energía.
Elegimos bien el lugar.
Pero todavía queda una pregunta que suele olvidarse:
¿El riego es homogéneo?
Puedes tener el momento correcto.
La lámina correcta.
El sensor correcto.

Monitoreo ViLab de homogeneidad de riego en almendros (Cabildo, Región de Valparaíso). Diferencias internas de infiltración bajo una misma programación de riego.
Un sector puede recibir exactamente la misma programación de riego.
Sin embargo, algunas zonas pueden estar infiltrando 12 mm efectivos y otras apenas 7 mm efectivos, debido a diferencias de presión, obstrucción de emisores o líneas de riego desplazadas.
El cálculo fue correcto.
La distribución no.
Y entonces parte del campo queda en déficit
y otra parte en exceso.
Y entonces el problema ya no es cuánto riegas.
Es cómo se reparte.
Ahí es cuando uno entiende que el riego no es una variable aislada.
Es un sistema.
Suelo y planta.
Atmósfera y demanda.
Energía y distribución.
Cantidad aplicada.
Disponibilidad real.
Respuesta del cultivo.
Cuando esas piezas dialogan, la decisión cambia de naturaleza.
Deja de ser reactiva.
Se vuelve estratégica.
Y quizá por eso ocurre algo que todos hemos visto.
Sondas instaladas que dejaron de usarse.
Equipos que funcionaron una temporada y luego quedaron desconectados.
Tecnología guardada en una bodega o literalmente tirada en el suelo.
No porque no sirviera.
Sino porque nunca fue integrada en una lógica de decisión.
La complejidad del sistema exige algo más que instalar dispositivos.
Exige diseño.
Cuando esa integración no ocurre, volvemos a lo conocido:
La calicata.
La pala.
La mano tocando el suelo.
No porque esas prácticas sean absurdas.
Sino porque son comprensibles.
Son directas.
No requieren arquitectura sistémica.
El problema no es abrir calicatas.
El problema es creer que instalar tecnología cambia automáticamente la forma de decidir.
Si la lógica no cambia, el resultado tampoco.
Puedes tener sensores en el suelo, en la planta y en la nube…
…y seguir regando mal.
El problema no es la falta de datos.
Es la falta de diseño.
Medir no es decidir.
Sin integración no hay sistema.
Sin interpretación no hay criterio.
Sin diseño, el sensor es solo un accesorio.
Y ahí es donde realmente comienza el riego moderno.
No cuando instalas sensores.
Sino cuando entiendes qué están midiendo
y rediseñas la forma de decidir.
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